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Los combates por la verdad

  Los combates por la verdad “¿Por qué los colombianos y colombianas dejamos pasar durante años este despedazamiento de nosotros mismos?”, se preguntó y preguntó al auditorio Jorge Eliecer Gaitán, el padre jesuita y director de la Comisión de la Verdad: Francisco de Roux. Tomó aliento y cuestionó de nuevo: “¿Por qué la seguridad que rodeaba a los políticos y a la gran propiedad no fue seguridad para el pueblo, los resguardos y los sectores populares que vivieron la avalancha de las masacres?” Poco espacio hubo para el silencio. El monologo de De Roux fue como un balde de verdades frías para la audiencia. Un discurso conmovedor y cruento que solo se vio opacado por el mínimo espacio dado a las víctimas para hablar en aquel momento. Era su espacio, y, aun así, no se les dejó tomar el micrófono. Esto no fue impedimento; o bueno, jamás lo ha sido. Decenas de gritos retumbaron el claustro pidiendo ser oídos. Retomar la palabra. Una palabra que despierte y que recuerde, que m...

Una cuestión de honor

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  Una cuestión de honor Eduar Alberto Vargas González El vagabundo reloj patrio dictaba las doce del mediodía. Zapateiro, quien ya muchas veces había metido la pata, sabía que la hora era perfecta: su hora de la verdad había llegado. La hora de una huida varias veces anunciada. Parecía una premonición. Su suerte estaba echada. Esperó hasta el 28, día en el que la Comisión presentaría su informe final. Él, como su presidente, negaba profundamente el conflicto. De hecho, fervoroso por ver gente en filas y rabioso por masacrar al enemigo, Zapateiro solía gritar: ¡AJÚA! grito de guerra del tan polémico comandante. Nunca imaginó, sin embargo, que su hora de la verdad era a la vez la cantata premonitoria de su ignominioso olvido. Antes de presentar su renuncia, la cual solo se haría oficial el 20 de julio, Zapateiro, quizás, echó mano al baúl de sus recuerdos. Ese baúl pesado y manchado por la guerra. Esos recuerdos de falsos positivos, de bombardeos y de abusos. Le llegó a la ...

NO

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  NO Eduar Alberto Vargas González El 5 de octubre de 1988 el cielo de Santiago se puso color arcoíris. Augusto Pinochet sospechaba desde tiempo atrás que su dictadura militar caería. Lo supo, quizás, cuando la televisión pública chilena empezó a transmitir la esperanza de un futuro democrático. El NO pregonó la victoria de 4 millones de humanos enamorados del cambio, de un futuro sin dictadura y de una propuesta publicitaria colorida. 26 años después, un país vecino suyo dijo de nuevo NO. Eran otras circunstancias y era otra la naturaleza política de los sufragantes. Ese país, mi país, convencido por los temores de la guerra quiso echar al traste sus anhelos de paz. Esa Colombia de 2016, que representaron 4 millones y 600 mil votos por el NO, sigue hoy adolorida. Sigue pensando en los fantasmas del atraso. Esa Colombia del centro, capaz la más rural del país, es la Colombia que decidirá las próximas elecciones. Un fenómeno político como el uribismo, que hoy está cimentan...