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El canto de amor al mañana

  EL CANTO DE AMOR AL MAÑANA “Mañana es mejor”, repite el Flaco Spinetta en una de sus canciones más conocidas. Y sí, ¿qué podría ser mejor que el ahora o el antes? ¿Qué otra excusa tendríamos para enfrentarnos al presente, para desafiar la realidad o para seguir lanzando piedras a los mismos lugares de siempre? ¿Qué opción nos queda ante la fragilidad de nuestra existencia? ¿El aburrimiento? Demasiado trivial. ¿El suicidio? Demasiado extremo. ¿Las ideologías? Demasiado rígidas. ¿Los vicios? Demasiado laxos. ¿Qué otra razón podemos encontrar para seguir siendo, para continuar donde estamos, si no es el mañana? ¿Para qué volver a ver al pájaro morir en su jaula, nena? Todo eso es inútil, como no dormir. Y así, como el estribillo de la Cantata de amarillos dice: “Aunque me fuercen, yo nunca voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor. Mañana es mejor.” EV

El amor de las montañas

  EL AMOR DE LAS MONTAÑAS Qué ventaja tienen los amantes valientes, aquellos que aman sin temor, sin peligro y sin un boleto de regreso. Vuelan con el amor de los pájaros que retornan a su nido, o sienten como las hojas que caen de los árboles y acarician suavemente el pavimento. Qué ventaja tienen los amantes que aman como las nubes al firmamento, y que son sensibles como las piedras moldeadas por el agua de los ríos. Qué valientes son los amantes que practican el amor de las montañas, un amor que se mantiene firme, invaluable e inamovible. El sol, la lluvia y la brisa pasan por ellos, pero nada los perturba. Es el amor de las montañas reverdecidas, tan antiguas como el universo, como el amor que practican los amantes valerosos. EV

LA SALUD MENTAL DE LOS INSECTOS

  LA SALUD MENTAL DE LOS INSECTOS Qué egoísta es el humano que pone sus bienes y su lucro por encima del resto del ecosistema. El aire que pasa por nuestra cara y las hojas que caen de los árboles reverdecidos, todo eso en vano. Caminamos, pasamos con nuestro auto y aplastamos la tierra, talamos y recortamos. Ponemos cemento sobre los campos y ahuyentamos a las abejas. Cortamos las flores y escupimos en los ríos. ¿Y quién piensa en la salud mental de los insectos? Diminutos y casi invisibilizados por una sociedad que odia lo natural. Pisoteados, literalmente, y aplastados en las paredes, pisos y aires. ¿Quién piensa en la depresión de las hormigas? ¿O quién defiende con celeridad y pasión la felicidad de las mariposas? Hace falta, para ser breves, un cuento donde se piense en el hábitat como un todo. Y sí, en él también cabe meditar sobre la salud mental de los insectos. Eduar Vargas González